El club de la comedia distópica
No sé ustedes cómo llevarán eso de las salidas controladas por el doble reloj de la vida, el que se puede consultar en las manillas de la fecha de nacimiento del DNI y el que llevamos atado a la muñeca. En mi caso, el salir de la pecera de cemento y ladrillo de mi casa me provoca cierto desgaste mental. Mientras voy caminando observo a las decenas de personas que deambulan a mi alrededor y me entran ganas de frotarme los ojos para descartar que estamos viviendo en una distopía. Pero como es desaconsejable tocarse los ojos con las manos, no tengo más remedio que aceptar la supuesta realidad que está ante mis ojos y que es digna de una novela futurista y distópica. Y así sigo maquinando y pensando si seríamos capaces de acostumbrarnos a que esta excepcionalidad se convirtiera en normalidad. Es más, mi cabeza no descansa hasta que vuelvo a mi madriguera y dejo de ver zombies de entre 14 y 70 años arrastrándose por el asfalto.
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