En todas las discusiones que tengo con mi hija de catorce años, le exijo que hay que intentar por todos los medios ser coherentes. Lo sé, la coherencia está en peligro de extinción, pero no me cansaré de reclamarla una y otra vez. Lo hice la semana pasada y lo vuelvo a hacer esta. Es uno de los valores que debe regir nuestra conducta personal, ya que la falta de esta convierte a una sociedad en un lugar indeseable.
No sé si existirá vacuna efectiva para la pandemia actual de la incoherencia, pero al menos no me resisto a denunciar situaciones que dejan a más de uno con las vergüenzas al aire. Me voy a servir de dos ejemplos actuales para desenmascarar a aquellos trileros que se dedican a dar lecciones magistrales de moral y de ética.
Lo que ha ocurrido en relación con los fallos de las pulseras antimaltrato y la indefensión que han sufrido las mujeres víctimas de violencia de género es indescriptible. Lo mismo que ha pasado con la nefasta gestión del cribado de cáncer de mama en Andalucía. En ambas situaciones estamos hablando de que lo que está en juego es, ni más ni menos, la vida. No sé a ustedes, pero a mí no se me ocurre algo más importante. Pues ni con esas, aquí no asume responsabilidades ni el Tato, más allá de unas disculpas con la boca pequeña, cuando lo que corresponde es pedir perdón y luego dimitir.
Lee aquí el artículo completo publicado en La Nueva Crónica.