El otro día me llamaba indignada una compañera porque un medio de comunicación había utilizado la palabra bulo en una información cuando el hecho al que se refería era un error en un comunicado de un organismo público que, a los pocos minutos, fue rectificado. Entiendo su indignación, pero no me sorprende en absoluto lo sucedido, porque hace ya mucho tiempo que nuestros políticos mataron la esencia y el significado de la palabra bulo y ahora no nos queda más remedio que aceptar las consecuencias.
Con el único objetivo de no asumir responsabilidades y de aniquilar socialmente a periodistas y medios de comunicación empeñados en fiscalizar y controlar al poder, muchos de nuestros dirigentes públicos comenzaron a calificar como bulo toda aquella información que no les convenía y que dejaba al descubierto sus vergüenzas, si es que alguna vez las tuvieron. Esta práctica, que no empezó hace tanto, sigue más vigente que nunca, y la primera declaración de la mayoría de los personajes que luego acaban delante de un juez y, más tarde, entre rejas es que la noticia publicada sobre ellos es un bulo.
Y así, día tras día, han ido pervirtiendo esta palabra, que en la actualidad carece de un valor real. De tanto utilizarla para mentir, han matado su significado. Es paradójico, pero un concepto que se fundamenta en la propagación consciente de una información falsa ha sido destruido al ser utilizado como una coartada pueril, convirtiéndose en el protagonista de una gran mentira.
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